Aquella noche llovió copiosamente en el pueblo de Nicolasa. Ella, como cada noche, barrió antes de irse a dormir. Había controlado que cada animal estuviera en su corral y cinco veces se había asomado a la habitación contigua donde bebía su borracho marido. Agustín, así se llamaba él. Era una irascible plaga que todo lo destruía a su paso. Cada noche cuando Agustín llegaba a la precaria casa, sus hijos deseaban que se los llevara un cometa a un sitio más lejano en donde pudiesen liberarse de los gritos furiosos de su padre.
Nicolasa miró la cacerola que contenía la sopa que estaba por servirle a su marido y apenas pudo contener el subterráneo deseo de volcársela encima para probocarle mortíferas quemaduras que de alguna manera saldarían las noches horrendas que le había hecho pasar.
Hacía aproximadamente un año que ella escondía un cuchillo en su botamanga con el deseo de algún día poder enterrarlo en su cuello.
Cuando cayó al piso el corcho del sexto vino que Agustín destapaba ella sintió altísimos zumbidos que pronto se transformarían en un grito que se parecía a la palabra "libertad". Nicolasa miró a Agustín silenciosa y profundamente, recordando la última golpiza que había recibido por cocinar mondongo en lugar de puchero. Desenfundó el cuchillo y lo hundió en el cuello de Agustín al grito de "LIBERTAD".
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